sábado, 9 de noviembre de 2013

!!! MI AMIGO AQUEL !!!

Reitero la publicación de este relato a pedido de un grupo de poetas extranjeros
Muchas gracias, y si, con mucho gusto, pueden etiquetarlo cuantas veces quieran, pero no publicarlo, es una obra con los Derechos Reservados.

MI COMPAÑERO SILENCIOSO 
©Derechos Reservados del texto.
Autor: Miguel F. Romero Argentina 18/10/2013.

Desde niño, por alguna razón que desconozco, siempre me gustaron los amaneceres tormentosos y los ocasos luminosos. Cuando se aproximaba una tormenta, subía corriendo a la terraza de casa a gozar del fuerte viento, que me pegaba la camisa al cuerpo. Me sentía más grande, más fuerte. Hasta que empezaba a llover y mi madre a los gritos y escoba en mano, me mandaba bajar.
Mi padre solía decirme, medio en serio y medio en broma,” Eres un loco, Miguel, te aguantas los escobazos, y te gusta mojarte en las tormentas y después secarte al sol”, lo que provocaba la hilaridad de sus empleados de la oficina de su fábrica de carrocerías, lugar donde me gustaba hacer los deberes de la escuela, ya que mi padre me guiaba en mis estudios, siempre. Recuerdo que cuando empecé en la escuela, yo ya sabía leer, me había enseñado mi abuela Cloty, y a escribir, me había enseñado mi padre, y con las dos manos, ya que soy ambidiestro.
Bueno, ahora ya de viejo, sigo con los mismos gustos. A mi viejo querido, fallecido hace muchos años, no lo tengo al lado (aunque sé que está conmigo) pero ahora, igualmente, me los doy a los mismos gustos con placer, sin que nadie se ría de mí, ni me tire escobazos. Además, si lo hacen, no me importa. Y me siguen gustando los ocasos y amaneceres tormentosos.
Y en eso estaba, haciendo lo que se me da la gana, ésa mañana.
Casi al alba, allí en mi casa de las montañas, que a pesar del verano estaba un poco ventoso y frio, de un día que pintaba medio nublado y tormentoso, salí de la casa con mi infaltable mochila y mi compañero inseparable, un enorme ovejero alsaciano de color casi amarillo y bronce, de pelo corto. Se llama “Capitán”, y le puse ese nombre porque es muy parecido en todo a un perro que tenía mi abuelo Francisco, tan fiel, que se dejó morir, sin alimentarse, cuando murió mi abuelo, al que amaba con la vida. Deben andar, seguramente, como lo hacían antes, correteando juntos, en algún parque del Paraíso.
Don Mamani, mi servicial vecino, madrugador el hombre, ya estaba sentado en su fogón a leña de la cocina tomando mates amargos. Me convidó, le acepté sólo uno, por gentileza, a mí no me gustan.
A mi pedido, me ensilló a la Negrita, una mula baja y muy mansa, cargué mi mochila con mis cosas habituales, celular (aunque en el lugar casi no hay señal), el arco iris de mis pastillas y las de nitro para el corazón, por las dudas, un termo de café, y algunos otros menesteres, todos livianos.
Y emprendí la marcha, despacito sin prisa pero sin pausa, en dirección a la plaza del pueblo, por la calle terrosa y seca, con el perro trotando al lado de la mula, con la que se llevaba muy bien.
Todavía estaba un poco oscuro. El sol, pugnaba por atravesar el espeso manto de nubes, pero apenas lo conseguía, con uno rayos que pintaban de rojo el horizonte, casi escondido entre los picos altos de las montañas.
¡ Qué hermoso espectáculo de la naturaleza!. Sentía como si El Supremo hubiera pintado el cielo para mí.
Al paso rápido de Negrita, llegamos al café de la plaza, la até en la tranquera de la vereda y entré. Lorenzo, su propietario ya tenía la primera horneada de tortillas caseras. Desayuné un buen café liviano. Le compré algunas tortillas y tres botellas grandes de agua mineral, para Negrita, Capitán y para mí, mientras le preguntaba cuál era el camino más liviano y más tranquilo para las lomadas altas.(Él sabe que no puedo esforzarme mucho)” Si, don Miguel”, dijo amablemente, “arranque despacito y siga el camino del Cementerio, cuando llegue a la casa del artesano, después de la primera loma, tome el sendero que comienza a subir la loma, a la izquierda y lo llevará a un lindo lugar , un barranco que domina todo el valle”. “es lejos?” pregunté. “no, mi amigo, apenas una legua (tres kilómetros, seguro)” le agradecí lo saludé y emprendí la marcha.
Siempre hay que preguntar a los lugareños de las montañas las distancias, ya que ellos, acostumbrados a caminar y trepar por largos senderos, todo les parece cerca. A veces, cuando voy a lugares cercanos, esto lo hago de a pie, hasta que me canso, y me siento en alguna piedra grande y alta. Lo de la piedra grande y alta tiene su razón de ser. En los climas semi áridos del verano, en las primeras estribaciones de las montañas, todos los animales de sangre fría salen de sus madrigueras a tenderse al sol, lagartijas, ututos (escorpión) arañas, serpientes, etc. Por lo general no atacan, salvo que los pises o los molestes, por eso me ubico en una piedra alta, con los pies arriba.
El pueblo vallisto, Amaicha del valle, como su nombre lo indica, está en un gran valle, rodeado de viñedos, nogales y de hermosas montañas, algunas con vegetación baja , otras con los cerros con enormes vetas de colores, únicas en el mundo, y lomas que se van sucediendo y bajando hasta el Rio Grande.
Éste permanece casi siempre con una pequeña corriente de agua, pero en las épocas de las grandes tormentas en las cumbres, toma una dimensión extraordinaria, casi trescientos metros de ancho, y arrastra, con su indomable fuerza y mucha pendiente, todo lo que encuentra a su paso, inclusive piedras de dos y tres metros de diámetro.
Tomé el poncho de lana de vicuña y me lo puse, mi infaltable sombrero negro al que ajusté la cinta por el viento un poco fuerte que movía sin pausa los centenarios nogales de la plaza, y partimos. La mula, parecía que sabía a dónde íbamos, ya que cuando llegamos al final de la calle, solita dobló por la calle del Cementerio, con Capitán adelante. El viento se hizo brisa y seguía la mañana oscura, el sol no se animaba a salir.
La mula caminaba a buen paso así que cerca de las siete de la mañana, ya estábamos llegando al Cementerio. Pero cuando íbamos a pasar por el frente de las paredes bajas de adobe, viejas y carcomidas por el tiempo y la historia, el perro empezó a torear como loco, y hasta se subió en un hueco de la pared, semi derruida.
Negrita se plantó en seco, y al tomarme de sorpresa casi me tira al suelo. Totalmente sorprendido, le acaricié el cuello y la apuré, pero estaba como clavada en el suelo. Alguien, alguna vez me contó que las mulas, son muy perceptivas vaya a saber de qué y por qué, algunas veces no pasan por los Cementerios, y menos en la madrugada, todavía medio oscuro, en ese amanecer destemplado.
Retrocedí unos metros y me bajé. Llamé con un grito al perro, que me obedeció al instante. A la mula la até a las ramas de unos espinillos y con la linterna le revisé las patas, por las dudas se haya lastimado. No tenía nada.
En eso estaba cuando en la penumbra del amanecer vi a un jinete que trotaba por frente al Cementerio.¡ Confieso que me asusté! Capitán empezó a gruñir, pero se tranquilizó. Por las dudas, abrí la mochila y me puse la pistola en la espalda, en el cinto. Pero el jinete tempranero era el artesano, Don Julio, que llevaba de encargo al pueblo, unos hermosos cintos de cuero, cosidos a mano. Lo saludé y se acercó. La gente de las montañas es muy solidaria y buena. Me preguntó y le conté el asunto de la mula, que no quería pasar por el Cementerio.
Me miró sonriendo y me dijo “No se resienta señor, algunas son así, pero tápele la cabeza para que no mire nada y va a pasar lo más tranquila”. “Y el perro?” “Cuando pase la mula, pasará él” Le di las gracias, mientras le miraba los cintos que había fabricado, y le propuse comprarle dos que me encantaban. Desde hace muchos años uso esos cintos de cuero artesanales, porque son muy hermosos con finos detalles y además como tributo a esa gente noble con oficios ancestrales vaya a saber de cuántas generaciones, que viven felices en los confines de la civilización. Accedió de buena gana, le pagué con un billete medio grande, y estúpido de mí, tendría que haber pensado que no tendría el cambio. Le propuse que se lo lleve al dinero y me deje el cambio en el bar del pueblo, a lo que se negó rotundamente y me dijo que yo le deje el dinero en el bar, cuando pueda. Y no hubo manera de convencerlo de otra forma. Y me saludó y se fue.
Con alguna dificultad, le tapé la cara a la mula con el poncho y me subí de vuelta, la apuré ý sin ningún problema cruzamos todo el Cementerio, pasé un poco más lejos del paredón de adobe y recién le saqué el poncho.
Y seguimos tranquilos la marcha. Se abrió el día en cuanto pasamos la casa del artesano y empezamos a subir el sendero de la cuesta. No sé por qué, pero cuando sale el sol el viento se lo siente más fresco, así que me detuve y me puse el poncho. Los senderos de las lomas son el camino habitual de las manadas de cabras, que terminan Media hora más de marcha, y ya encontramos el barranco que nos dijo Lorenzo en el bar.
¡Qué lugar precioso! Es una pequeña meseta en lo alto del barranco, desde donde, la mirada se pierde en lontananza, y no hay ni naciente ni poniente, el mismo horizonte se adormece y se pierde dentro de tanta belleza.
Até a Negrita a uno espinillos, abrí una botella de agua y le di de tomar, sosteniéndole su cabeza en mi hombro y metiéndole el pico en la boca. Le saqué la botella y ella me miró, agradeciéndome, con sus enormes ojos, dulces y negros. Abrí la otra botella de agua y busque al perro, que ya estaba cómodamente instalado en el borde del barranco, saqué el jarro enlozado, lo llené, y se tomó todo el agua, me miró con su cara atento y de amigo, y se echó nuevamente en la orilla del barranco, fresquito, con la fuerte y fresca brisa, que le movía sus orejas y sus largos bigotes rubios.
Detrás de él había una piedra grande, ideal, parecía un gran sillón. Extendí el poncho sobre ella, acomodé las cosas en la mochila y me senté.
No hay palabras para describir tan majestuoso espectáculo, las nubes parecen capullos de algodón que juegan con el viento, que cuando pasan por encima se nubla todo y te dejan una leve capa de humedad en la piel, casi como el beso fugaz de una mujer hermosa. Las aves levantan vuelo, buscando el calor del sol. Escuchaba, en el silencio del fondo del barranco, a algún lugareño que golpeaba rítmicamente un tronco, haciendo leña para su rancho.
Una lagartija, mimetizada con el mismo color de la arena terrosa, se levantó de repente y asusto a la mula, pero Capitán, muy atento, la persiguió hasta que se le escabulló velozmente entre unas piedras.
Rato después, el perro se levantó como un resorte, se acercó a mí y empezó a gruñir. También la mula se intranquilizó.
A uno treinta metros de donde yo estaba del medio de la escasa vegetación, apareció un jinete, con un enorme caballo bayo, completamente, absolutamente borracho. Se balanceaba de derecha a izquierda, con tanta inclinación que parecía que estrellaría sus huesos en el suelo. Pero no se cayó, ni soltaba una botella de ginebra casi llena.
Tranquilicé al perro y cuando paso al lado se paró, o al menos intentó hacerlo, para saludarme, aflojó la tira del sombrero y en ese instante se lo arrancó de sus manos el viento. Lo mismo me saludó cordialmente, mientras me aguantaba la risa, para no ofenderlo. Capitán salió disparado tras el sombrero, y a los minutos lo trajo de vuelta y me lo entregó. Yo se lo repuse al campesino, que reanudó su marcha, balanceándose como el péndulo de un reloj. Lo seguí con la mirada desde arriba de la piedra y vi que se paró y se bajó en una apacheta.(Es una especie de altar armado con pierdas y una cruz en la parte alta, en homenaje a La madre Tierra, La Pachamama). En medio de la borrachera, colocó un par de piedras más en el altar y se arrodilló.
Y ahí empezó a cantar una lúgubre vidala, mientras juntaba sus manos al cielo. El canto era muy lastimoso, hería mis fibras sensibles cuando lo vi que lloraba, tan grande era su pena. Capitán se acercó y se echó al lado del hombre, silencioso, como acompañándolo en su canto.
Cuando terminó de cantar, recién me acerqué, el hombre apena pudo darse vuelta y en un solo paso, me abrazó. Y ahí se quedó, quieto y callado. El olor a la ginebra me descomponía, pero aguanté. Me soltó y dijo” Gracias señor, por entender a este hombre borracho” “ que le pasó amigo? “Pregunté. “El domingo nació mi hijita Marcela, un capullito señor, de llanto y risa todo el día, un regalo de Dios, señor. Y no entiendo por qué el miércoles se me la murió el angelito, señor. Dios me la trajo y él me la quitó, señor. El doctor dice que no podía respirar”.
Sacó una larga cinta rosa tejida de lana, con el nombre bordado en color blanco ” Marcela” y tambaleándose, la ató en la cruz rústica de la apacheta, y me habló” Usted señor, que es más leído y pícaro que este borracho tonto, me puede decir porque mi Dios me hace eso, me la da y me la quita, señor?
La verdad, estaba tan conmovido como él, pensé un poco y le dije. “el mundo anda mal amigo, El Señor Dios tiene mucho trabajo en el cielo, y entonces llama a las almitas más puras y buenas para que lo ayuden, para que curen enfermos, para que sanen a muchos, muchos niños, y ella seguramente le pedirá al Señor Dios que le mande pronto una hermanita para que se llame como ella”. En medio de la borrachera el sufrido hombre, me escuchaba y más lloraba, mansamente, mientras me escuchaba. Poco a poco comenzó a serenarse. Abrí la otra botella de agua y le pedí que se lave la cara a lo que accedió, llené un jarro y se lo vacié en la cabeza. Sacudió la cabeza, se colocó el sombrero, me dio un fuerte apretón de manos, que me dolió, y se fue.
Retorné a mi piedra y me senté, mientras Capitán se echaba sin miedo en la orilla del barranco. Pero ya la mañana no era la misma, me habían sucedido algunas cosas inesperadas y me había cambiado el ánimo, así que me quedé leyendo, tratando de distraerme una hora más y a media mañana emprendí el regreso.
Bajamos despacio y tranquilos hasta que llegamos a la casa de don Julio, el artesano. Él ya estaba de vuelta, y nos saludó amablemente cuando pasamos por su casa.
Un rato más adelante, llegamos a la calle del Cementerio. Apenas comenzamos a transitarla, le tapé la cara a la mula y seguimos la marcha. Pero capitán salió corriendo, y se metió al cementerio, cuyas dos puertas vetustas hojas hechas de troncos de nogal, ya estaban abiertas.
Yo seguí al paso con la mula, hasta que pasé el muro del Cementerio, la dejé atada junto otros animales en una larga tranquera en la esquina, y me volví caminando.
Había bastante gente en el Cementerio, cada uno, según su costumbre, acompañaban a sus muertitos. Yo, no podía encontrar al perro, hasta que alguien me dijo que estaba en el fondo del Cementerio. Y allí me fui.
Y lo vi. Capitán parecía una estatua, estaba muy quietito echado de costado como es su costumbre, pero emitía un suave gemido casi permanente. Me acerqué y lo llamé, sólo me miró y no se movió de su posición. Estaba recostado sobre un montículo de tierra y piedras muy reciente, indudablemente era una tumba, adornado a la vuelta con piedras pintadas de blanco. La cruz era de madera de cedro cepillada y pulida con las cuatro puntas pintadas también de blanco.
Siempre me pareció un sacrilegio pisar el terreno que ocupa un fallecido, así que me acerqué por el costado y lo vi.
En el centro de la cruz, grabado a cuchillo decía, “Marcela Macedo” y la fecha de su defunción tres días atrás, pero lo que más me conmovió fue ver la misma cinta que el hombre había puesto en la apacheta, una larga cinta tejida en rosa con el nombre bordado.
Ahí estaba la pequeñita, el angelito que su padre nos contó su desgracia.
Profundamente conmovido, tomé a Capitán de su collar y lo saqué de la tumba, mientras seguía con sus gemidos. Mientras acariciaba a mi perro para calmarle algún extraño sentimiento, pregunté dónde comprar flores, son escasas en esos lugares secos. Las conseguimos, pusimos las flores en el sepulcro y nos fuimos.
Cuando pasamos por el bar de Lorenzo, me detuve a pagar los cintos del artesano y le conté lo que me había sucedido.” Si Don Miguel, es un buen hombre, se llama Ernesto Macedo, trabaja conmigo, me hace la limpieza, me ayuda en lo que puede, nunca probó el alcohol, sólo lo hizo estos días, porque no sabe cómo mitigar su pena. Yo no le digo nada, en estos días, seguro volverá al trabajo”. Nos saludamos, compré más del rico pan y me fui a casa a almorzar.
Me quedé apenas una semana en la casa de las montañas, y en ésos días curiosamente, observé un comportamiento diferente en mi perro.
Yo siempre me levanto temprano, para no hacer nada, pero siempre lo hago. Capitán, que duerme en la puerta de mi cuarto, esperaba a que me levante a desayunar, y luego salía temprano. Moviendo la cola me saludaba y trotando, salía de la casa, y a veces tardaba bastante en regresar, hasta que descubrí el motivo. Unos días después, lo vi en la plaza del pueblo sentado frente al bar de Lorenzo. Le grité, e inmediatamente se subió a la camioneta. Estaba muy limpio, como si alguien lo hubiera aseado, y muy orgulloso, con su enorme cabeza levantada, lucía un nuevo collar de cuero tejido, muy fuerte y muy hermoso, hecho a su medida. Y con su nombre bordado con finas hebras de cuero blanco. Además tenía una argolla de acero adosada al tejido del collar y de ella colgaba, bien atada, una cinta rosa, igual a la que vi en la apacheta de la loma y en la tumba de la hijita de Ernesto.
Me bajé y entré en el bar. Ernesto estaba barriendo el local, muy limpio y con un delantal blanco. Sonrío y dijo.” Buenos días, Don, lo llamo a don Lorenzo? “No, quiero que me traigas un café liviano en una taza grande, tortillas, manteca, dulce de leche y ven, que te quiero preguntar algunas cosas” Cuando estuvo sentado conmigo le pregunté sobre mi perro. “ Le puedo decir que es algo muy hermoso, Don Miguel, parece hijo mío, y hermano mayor de mi hijita Marcelita, que Dios la tenga en la Gloria”. “ Y, porqué, Ernesto?”, le pregunté. “Desde que se me arrimó en la apacheta en el cerro, ¿se acuerda? Y de paso le pido perdón por la borrachera, Don Miguel. Casi todos los días me lo encuentro en el Cementerio, acompañando a mi muertita, echadito. Cuando yo llego, se vuelve conmigo, y en la plaza sigue hasta su casa, y cuando no puedo ir se sienta en la plaza a mirarme, como si me reclamara que no voy. Él me enseño a quererlo, así que ayer se dejó que lo bañe con agua tibia en el patio de la cocina. Y cuando le conté al artesano, al otro día él le hizo el collar nuevo, y yo le puse la cintita rosa”. Profundamente conmovido, por estas cosas simples que suceden todos los días a nuestro lado y no nos damos cuenta, y que son cotidianas para los perros y la gente pura de las montañas, no supe qué decir. Miré hacia afuera y vi a Lorenzo acariciar a Capitán y darle un buen pedazo de tortilla calentita.
Y, rato después, nos fuimos a casa, yo emocionado y contento por el hermoso compañero de corazón grande, sentado a mi lado, mientras él aprovechaba, como de costumbre, sacar la cabeza por el techo corredizo y dejar que la fresca brisa de la mañana le sacuda sus orejas y sus largos bigotes rubios, oteando el horizonte, en la hermosa mañana perfumada.
Y así fue.

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Zulmar
                                         
 Autora : Zulay Marlenne Moscosso Monroy
Titulo : !!!mi  amigo aquèl   !!! 
Paìs : Rep.- Dominicana
Fecha : Septiembre/2013
Foto tomada de la red
Derechos Reservados 500/082

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