Se perdían los últimos rayos del sol detrás de las Montañas del Taubkal, en el norte de Marruecos. Las grotescas sombras que proyectaban los empinados picos cubiertos por montes de espinas, parecían fantasmas mensajeros del sufrimiento.
El frío comenzó a adueñarse de la noche, y a hacerse sentir como dolorosas espinas punzantes, que calaban profundo en el cuerpo de la poca gente que habitaba el pobre caserío.-
Las casas, construidas en piedras, no lograban protegerlos del frío nocturno, frío seco y fuerte, común en las primeras estribaciones de las montañas del desierto.-
En el centro de la única habitación de la vivienda, cocinándose a fuego lento, se calentaba una sopa “, harira”, hecha con tomates secos, carne de cordero, porotos y garbanzos, un alimento tradicional de los marroquíes.-
La casa estaba ubicada en lo que podría llamarse la calle principal, y separada de las otras vecinas por amplios espacios de tierra que por lo general conservaban su poca y magra vegetación, para alimentar, cuando fuera posible, a los animales domésticos.-
Hassan Abdul Keito, el padre, se ocupaba, a la luz y el calor del fuego reconfortante, encendido en un pozo de piedra en el medio del cuarto, de conversar y enseñarle a sus hijos los secretos del desierto, y siempre se tomaba el tiempo necesario para las oraciones a su Señor, Alá. Las luces y sombras proyectadas por el fuego, jugaban como espejos fantasmales en las paredes de piedra, y calentaban una grande olla de hierro, ennegrecida por el hollín, que colgaba de un trípode de hierro, en el centro de las brasas.
Melilla, la hija mayor y Kipchoge el menor, escuchaban atentamente.-
Luego les indicó el trabajo para el siguiente día. Leyla, la madre, atareada con la cena, mantenía el oído atento a los sonidos fuera de la casa.
Días pasados, amparados por la negra noche, le habían robado algunos corderos.-
Escuchaba a los animales muy inquietos, y se sobresaltó. Sin advertir a su esposo, que hablaba animadamente con sus hijos, sigilosamente salió de la casa.-
Se dirigió directamente a los corrales, vio a los animales nerviosos, y con esa sabiduría ancestral de su raza, percibió el peligro próximo y sintió miedo. Verificó la puerta del corral y entró rápidamente a la casa.-
“Hassan, algo está sucediendo afuera” le dijo a su marido, intranquila.-
Hassan, siempre confiaba en lo que presentía su esposa, ella no se equivocaba.
Inmediatamente se puso en movimiento y le dijo “mujer, esconde a los niños”. Rápidamente Leyla tomó fuertemente a Melilla de la mano y la hizo saltar hacia fuera por una pequeña ventana trasera y la escondió debajo de un atado de leñas, apilado entre unas grandes piedras, mientras llamaba a su hijo en voz baja.-
Hassan pensó, “bereberes”.
Tomó su viejo rifle, lo cargó y con precaución, abrió sigilosamente la puerta, y salió hacia la calle.
Él sabía que los bereberes que habitaban en las montañas, acostumbraban bajar por las noches a los pueblos cercanos, asesinaban a sus pobladores, les robaban todo el ganado y se llevaban a las muchachas jóvenes para violarlas y mantenerlas cautivas.
A los varones muy jóvenes los mataban o los mantenían como esclavos.
Sorpresivamente, se levantó una oleada de viento helado, que movía los pinos y abetos, casi secos, dibujando sombras siniestras que se reflejaban en una nube espesa de polvo que comenzó a levantarse de pronto, al comienzo de la calle, iluminada por la luz de una luna llena.-
De pronto se le heló la sangre, al escuchar los desgarradores gritos de sus vecinos, Ahmad y Latife, a cuya pequeña hija Sadia un berebere tomó de sus cabellos y la montó en la grupa de su caballo, huyendo a todo galope por el polvoriento camino.
El pequeño Kipchoge, su hijo, lo vio todo y salió de su casa corriendo detrás del caballo que se llevaba a su amiga Sadia, con quien jugaba todos los días, sin medir el enorme peligro que lo acechaba.-
Hassan vio al inmenso berebere que intentaba atrapar a su hijo, que corría en medio de la calle, y disparó.-
El proyectil atravesó al jinete, que cayó pesadamente de su caballo envuelto en su túnica negra, sin emitir sonido alguno.-
¡“Corre a los peñascos, Kipchoge!”, le gritó su padre. Fueron las últimas palabras de Hassan, antes de caer, herido de muerte, con una cuchillada en su garganta.-
Ahmad y Latife corrieron la misma suerte, asesinados a sablazos en la polvorienta calle al intentar recuperar a su hija.-
El pequeño Kipchoge, obedeciendo a su padre, corrió desesperadamente entre las grandes piedras y logró escapar ocultándose en una pequeña gruta disimulada entre las matas amarillentas, donde solía jugar con su hermana y su vecina y amiga Sadia.-
Esperó un buen rato, aguzando el oído. No escuchaba movimiento alguno. Después, sigilosamente, comenzó a acercarse a las casas.-
Fue tan terrible lo que vio, que su pequeño cuerpo no resistió la sangrienta escena, y perdió el conocimiento, cayendo a un pequeño pozo seco, bebedero de los animales en épocas de lluvia.-
La pequeña Melilla, su hermana, de apenas seis años, permaneció oculta hasta la noche, donde una vecina y joven mujer llamada Nazira la rescató de su escondite, la envolvió en una manta de lana de oveja y la tapó hasta la cabeza, impidiéndole ver el dantesco espectáculo de sangre y muerte de sus padres.
Le ordenó mantenerse en silencio, pase lo que pase y comenzó a huir, cargando a la niña en sus brazos lo más rápido posible del lugar, donde ella también había perdido a toda su familia.-
El frío del amanecer, que se deslizaba neblinoso desde las lomadas altas, comenzó a devolverle al pequeño Kipchoge los sentidos, lentamente, y se despertó.
En medio de la muerte y el dolor, ante el dantesco espectáculo, lloró largamente, en silencio y resignado, pidiéndole ayuda a su amado Alá.-
Cuando se calmó, se dispuso a cubrir con piedras a sus muertos, y no encontró el cadáver de Melilla, su hermana. Comenzó a buscarla desesperado y esperanzado, pero no la pudo encontrar.-
Su pequeño cuerpo, de apenas diez años, comenzó a temblar de terror imaginando el calvario que sufrirían su hermana y su amiga, en manos de los siniestros bereberes, recordando las palabras de su padre, “Por Ala, no se dejen atrapar”.
Kipchoge regresó a la casa, buscó algunas mantas y usándolas como mortajas cubrió a sus seres queridos y a sus amigos, los colocó en posición hacia la Meca, como le enseñó su amado padre, y comenzó a tapar los cadáveres, primero con rocas grandes que penosamente arrastraba y luego con otras más chicas que sus exiguas fuerzas pudieron arrastrar.
Mientras trabajaba, lloraba en completo silencio, sus lágrimas corrían profusamente, marcando surcos en sus polvorientas mejillas, como queriendo lavar su insondable dolor.-
Terminó a media tarde y se sentó al lado de las tumbas.
Estaba muy cansado.
Le prometió de corazón a Alá que no descansaría en toda su vida hasta encontrar a Melilla y a Sadia, y matar a sus captores.
Comenzó a sentir la fresca brisa del atardecer, sintió frío y entró a la casa. Cansado y hambriento, se durmió profundamente.-
Se despertó en medio de la noche sobresaltado, recordó lo que había hecho el día anterior y se tranquilizó.-
Sintió inmediatamente una paz interior, se inclinó hacia la Meca, recitando unos versos del Corán en honor a su amado Alá, que su querido padre solía enseñarle y se durmió nuevamente.-
Al día siguiente, muy temprano, grabó en una tablas como pudo los nombres de sus seres queridos y sus amigos, los muertos bajo las piedras, que cubrían sus tumbas. Luego se colocó unas sandalias de su madre, hechas por su padre de cuero de cordero, más fuertes de las suyas. Recogió sólo lo necesario para un largo viaje, se despidió de sus muertos, y se alejó por los polvorientos y pedregosos caminos, que lo llevarían, en un largo peregrinaje, hacia las costas del Océano Atlántico.-
El berebere que se llevó a Sadia, galopaba velozmente por los senderos montañosos, guiándose por su instinto y con la sola luz de la luna, que a veces se ocultaba entre las lomas, sumiendo a caballo y jinete en una completa oscuridad.
Sólo la audacia y la destreza de estos hombres hacia posible, aunque con dificultades, seguir avanzando.-
En el caballo, negro azabache, bañado de transpiración, reflejaba la luna su luz, convirtiéndolo en una visión casi fantasmagórica. Con sus grandes ojos negros y mirada intensa, de patas cortas y muy fuertes, el noble animal buscaba desesperadamente entre las piedras, sin disminuir la marcha, el camino más seguro para su amo.-
Sadia se sostenía en la grupa, amarrándose fuertemente de la túnica negra del jinete.-
Se mezclaban en sus narices, olores de comida, transpiración y suciedad, que percibía con claridad con su cara pegada a la espalda de su captor.-
Llevaban un tiempo largo de marcha cuando el caballo, en una empinada cuesta, resbaló en la oscuridad de la noche, despidiendo al jinete y la niña entre las piedras.-
Mientras caía, Sadia seguía agarrada de la túnica del berebere, hasta que ésta se rompió y se separó de su captor, rodando estrepitosamente en la profunda oscuridad.
El resto de los jinetes no se detuvo, siguieron su camino, perdiéndose en la oscuridad de la noche.-
Sadia, de cuerpo pequeño y delgado, se enganchó en unas matas y allí quedó, sin recibir más que algunos fuertes magullones.-
Estaba muy asustada, pero poseía un fuerte carácter, heredado de su madre, y se sobrepuso.-
Estaba sola y golpeada en medio de una completa oscuridad. La pequeña niña acomodó su cuerpo entre las piedras y esperó a que su vista se acostumbrara a ella.
Luego comenzó a descender por la ladera, hasta que casualmente chocó en medio de la noche, con el cuerpo del berebere muerto.
Esto la asustó terriblemente. Se angustió y comenzó a llorar silenciosamente, con miedo a ser escuchada, y esperó un tiempo hasta calmarse, al lado del cuerpo inerte.-
Luego de un rato, y consiente de las penurias que la esperaban, revisó al berebere.
En su pecho y cintura encontró una pequeña bolsa con alimentos y un filoso puñal malayo de hoja sinuosa de doble filo, con una vaina muy finamente tallada, con incrustaciones de metal precioso y piedras. Inmediatamente intuyó que se trataba de algo valioso.
En efecto, era una joya valiosa de orfebrería proveniente del Oriente. También, colgando de su cinturón, encontró una vejiga de cordero llena de agua.
Se cubrió con un trozo de la capa del berebere, venciendo la repulsión que le causaba, para cubrirse del frío que la hacía temblar, y emprendió la marcha por un sendero rocoso y casi escondido por la negra noche, que descendía, sinuoso y peligroso, hacia el valle.-
Un trecho más abajo, se topó con el pobre caballo, con las patas delanteras quebradas y destrozadas por los golpes y una herida profunda en su garganta.-
El hermoso animal, agonizaba.
Bufaba lenta y trabajosamente. Hilos de sangre se deslizaban por sus narices muy abiertas. Parecía no sufrir, sólo sus enormes y bellos ojos negros, delataban una serena tristeza, como resignado a su doloroso final, mientras se apagaban lentamente. Sadia permaneció a su lado acariciando sus largas crines, amorosamente, llorando y sufriendo ella más que el hermoso animal.
Allí permaneció un corto tiempo, acompañándolo y acariciándolo, hasta su muerte.
Se levantó penosamente con su cuerpo golpeado y dolorido y caminó y caminó, mientras recordaba con tristeza le última visión de su amigo Kipchoge, corriendo en medio de la calle arriesgando su vida, en el inútil intento de rescatarla.-
Al siguiente día, después de una agotadora marcha, con sus sandalias destrozadas y sus piernas magulladas por la dureza del camino, llegó al caserío y al observar el entorno, comprendió lo que había pasado. Lloró sentidamente su pena al reconocer la tumba de sus padres y sus vecinos.
Por las inscripciones que había realizado Kipchoge en ellas, y a pesar de la tristeza que la embargaba, sintió un alivio al no encontrar los nombres de Melilla y de Kipchoge, sus amigos más queridos.-
Decidió entonces y juró, frente a la tumba de sus padres, que con la ayuda de Alá, dedicaría su vida a buscarlos y rencontrarse con sus amigos.
Recogió sus magras pertenencias, escondió en su cuerpo lo mejor que pudo el valioso puñal del berebere y tomó el camino del valle, que bordeando las montañas, la acercaría al puerto de Safi, y comenzó a caminar.
Pero el bendito Ala había escuchado sus ruegos. Después de un tiempo de dura marcha,
una familia Marroquí, que guiaba una gran manada de camellos y otros animales para venderlos en el pueblo de Meknés, vieron a Sadia que caminaba entre las piedras con sus pequeños pies lastimados por el esfuerzo y se apiadaron de ella. Un enorme marroquí montado en un camello se dirigió a ella, que con miedo comenzó a correr, pero el hombre la atrapó, la subió al camello y la llevó a una de las carretas de la caravana. Una vieja y bondadosa mujer la calmó, le curó las heridas y le dijo que no tuviera miedo, ellos la llevarían hasta el pueblo de Meknés.
Luego le sirvió un apetitoso puré de garbanzos y carne de cordero, que Sadia devoraba entre lágrimas. La vieja mujer le acariciaba los cabellos mientras comía, y para calmarla le contó que en otra carreta habían recogido una mujer y una niña que también escapaban de los bereberes.
A Sadia se le iluminó la mirada. A pesar del hambre dejo de comer y le rogó, llorando desconsoladamente, que detuviera la caravana. Creía estar segura que eran sus amigas de la calle de su pueblo.
La mujer le pidió a su hijo que detenga la carreta y la caravana por un momento. El enorme marroquí protestó, recordándole que viajaban en un lugar solitario y peligroso, pero la vieja se mantuvo firme y la caravana se detuvo.
Al segundo, Sadia corría hacia la carreta que le había indicado la vieja y saltó dentro de ella.
Los brazos de Nazira la rodearon al instante. Presa de una profunda emoción, la joven mujer oraba casi en silencio, sólo se veía el suave movimiento de sus labios y las lagrimas que se deslizaban piadosamente de sus grandes ojos negros.
Melilla le abrazaba ambas piernas, arrodillada, como queriendo no soltarla nunca más.
La gracia de Alá, les había permitido estar juntas, nuevamente.
La vieja mujer Marroquí, en su carreta, sonreía serenamente, mientras ordenaba a su hijo proseguir la marcha.
Y así fue.
LOS BEREBERES Cuento corto____ Archivo “Cuentos” 10/2012
© Derechos reservados del texto
Autor: Miguel F. Romero 21/09/2013
MARRUECOS, 18 DE ENERO DE 1784.
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Autor: Miguel F. Romero 21/09/2013
MARRUECOS, 18 DE ENERO DE 1784.
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